Alegraron los recreos y las meriendas a base de un dulzor que el paso del tiempo ha instalado en la memoria como uno de esos sabores indisolublemente ligados a la infancia. Eran otros tiempos, se jugaba en la calle, se corría detrás de un balón y los niños se perseguían unos a otros. Hoy, cuando los pequeños se entretienen de manera radicalmente diferente, sin apenas actividad física, algunos de aquellos bollos plenos de color e intensos sabores comienzan a tener los días contados, al menos en los colegios si, como parece, sale adelante el proyecto de Ley de Sanidad para prohibir los pastelitos menos saludables. ¿Asistimos pues a la extinción de la 'Pantera Rosa' o del 'Tigretón' en las escuelas?
Ambos felinos tienen a su espalda años y años de experiencia en la noble tarea de saciar el hambre. Como otros pastelitos antes que ellos, llegaron a mediados de siglo XX como una forma rápida, barata y cómoda de sustituir el clásico bocadillo de mortadela o de chocolate de los más pequeños.
No obstante, fue en los setenta cuando se inició el despegue definitivo de esta alternativa, en paralelo al desarrollo de la publicidad. Queda para el recuerdo aquel pionero anuncio de 'Donuts', el '¡Andá, la cartera!', con el que se iniciaba algo más que una moda, casi un giro en la manera en la que los jóvenes iban a alimentarse. De igual manera, también sobrevive hasta nuestros días el gancho que supone abrir el envoltorio y hallar dentro un cromo, una calcomanía o un pequeño juguete relacionado con alguna serie de éxito del momento.
El rosa que 'no podía ser sano'
Y en esa nueva cultura, si se quiere llamar así, es el vivo color rosa del bollito de Bimbo el que representa a toda una generación. El secreto, un colorante, el E-124, que teñía la cobertura del alimento confiriéndole un aspecto atractivo (o no) y un sabor, cuanto menos, peculiar. Algo que, dicho por esa sabiduría tan propia de las madres, "no podía ser sano". Y quizá tuvieran razón pero ¿quién podía resistirse con un sabor tan adictivo?
Fue así como fuimos 'cayendo' en los sabores de los 'Bucaneros', los 'Konty' o, con una apariencia más saludable -pero igualmente menos atractiva-, los 'Mi merienda', una suerte de 'hágalo usted mismo' que comprendía bollito de pan y mini tableta de chocolate con leche. Fue la prehistoria de un segmento que saltó de las panaderías a los supermercados y con posterioridad a su gran parcela: los centros educativos, donde iban a acabar desbancando a los aperitivos tradicionales.
La 'felicidad en espiral'
La oferta fue ampliándose y algunos de los pastelitos que habían pasado más o menos desapercibidos acabaron hasta forjarse un hueco en el estómago y en la memoria. 'Bollycao', 'Donettes', 'Circulo Rojo' u otro de los grandes clásicos que siguen en plena vigencia, los 'Phoskitos'. Una forma de felicidad en forma de espiral.
Así pues, el giro que originaría el desarrollo del texto legal podría acabar relegando a mero asunto de tertulia de treintañeros aquellos recreos en los que la panda de amigos se sentaba y disfrutaba de aquellos sabores -y colores- tan apetitosos, aunque pudieran no ser del todo saludables. Eran mejores tiempos, sin duda, para panteras y tigretones.



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